
El Puente de Carlos IV es una de las maravillas medievales más imponentes de Praga, y probablemente de toda Europa. Fue inaugurado en el año 1357, y desde ese entonces, según cuentan leyendas populares, por las noches se escuchan presencias misteriosas. Cada piedra que fue utilizada en su construcción esconde una historia sorprendente.
Dicen los que saben que entre las estatuas barrocas que se alzan a los costados del puente suele aparecer una mujer vestida de blanco que llora durante las noches. El relato se remonta al siglo XIV. El encargado de la construcción del monumento era una muchacho muy eficiente, pero todos los días, por más sólidos que eran los materiales utilizados, sucedía un accidente. Desesperado fue en busca de un ayudante que recomendó trabajar únicamente de día. Así lo hicieron, pero por las noches siempre algo se derrumbaba. Hartos de esta situación, decidieron hacer un pacto con el diablo: los constructores negociaron el alma del primero que entrara al puente una vez inaugurado a cambio de finalizar la obra con tranquilidad. De allí en adelante todo salió perfecto.
Para el día de la inauguración, prepararon un gallo, que iban a soltar para burlar lo pactado. Sin embargo, no pudieron evitar que una mujer entrase corriendo al puente ni bien el cardenal bajó su bendición. Cuentan que la mujer se desvaneció en el aire. Ella misma es quien aparece por las noches llorando, implorando por volver.
La segunda leyenda es bastante más feliz y está relacionada con la figura del conocido San Juan Nepomuceno, aquel confesor de Juana de Holanda, a quien el rey Wenceslao IV ordenó arrojar a las aguas del río Moldava.
De acuerdo con la voz popular, un humilde campesino soñó que el santo le iba a revelar, en el puente, las pistas necesarias para encontrar un tesoro. El hombre obedeció, fue hasta el puente, lo caminó de punta a punta, pero no encontró ni escuchó nada. Pasaron horas, hasta que un soldado que lo miraba desde la orilla le preguntó si estaba perdido o si esperaba a alguien. El campesino le contó que esperaba una señal para encontrar un tesoro. El soldado no salía de su asombro cuando escuchó estas palabras, al parecer había soñado con un tesoro escondido en una aldea, donde se alzan tres cruces, exactamente al lado de un viejo manzano.
Casualidad: ese huerto era del campesino. Fueron, cavaron y entre los dos desenterraron una vasija llena de monedas de oro que les permitió vivir comodamente durante el resto de sus vidas.
Foto vía: taringa